DECISIÓN FUNDAMENTAL

Por Alejandro Pliego
1
¿Quieres saber la verdad, la neta; de lo que es el narcotráfico en México? Pero hablo de la verdad; sin rollos, choros, tacos de lengua, o mentiras. Estas historias son tan reales, como que el que las vivió está platicando aquí ahoritita contigo, no son de oídas, no le pasó a un amigo de mi abuelito. Peor aun, las viví como en estos momentos siento que estoy respirando. Pero tranquis maestro, voy poco a poco; haciendo las pausas necesarias que dan paso al drama, tomando aire para recordar muy bien los detalles, las pequeñas historias debajo de la principal línea argumental que te quiero tirar. Con estos hechos mato muchos relatitos del periódico, mucha ficción de reporteros calenturientos que sueñan con toneladas de droga. No se necesitan grandes barcos, ni submarinos; no requieres ver los cuerpos decapitados, apilados en masa, ni la mirada desafiante del sicario atrapado, detenido al menos momentáneamente en su carrera delictiva. ¡No! ¿Para qué tanta alharaca?, ¿para qué tanta sangre?; si en lo pequeño está la neta, la pura verdad a nivel minimalista, pa’qué tantas pacas, kilos, toneles, túneles, y maletas con dinero; con estas historias en un dos por tres lo entenderás todo. ¿Qué, rey?, ¿no comprendes lo que digo?, ¿no sabes de qué te estoy hablando?, ¿al grano?: aguanta tantito que todavía no empiezo, se paciente que estoy tomando aire:
Tú sabes que acá tu broder es un survairbor, un elemento de la clase trabajadora aspiracional; con miras y con ganas a convertirse en una gente de bien, así como tú mi buen galán. Pero mi menda, sin las condenadas ventajas mínimas que la vidorria te tiene que ofrecer desde chiquito (sin albures, porfa). ¿Qué?, ya te estás burlando ¿o sí estás llorando en serio?; espérate tantito, ya voy a las historias, los antecedentes son necesarios para que comprendas, aun ha riesgo de que pierdas el interés de mis palabras que hoy caen como lluvia de otoño, ¡Qué tal Güey!
Resulta culebra, que en estos andares de la vida yo me dediqué al comercio, a la compra-venta, a la pizca, a la biznaga, a la persecución del bolillo en cuatro ruedas; era car diler, revendedor de autos usados. Ándale pues, sí, era coyote; pero no cualquier coyote, master, no cualquier revendedorcillo mí querido hijo de Putin (el de Rusia), yo tenía mi estilacho desarrollado ya en muchas horas de vuelo. No te creas figura, el riteil de objetos usados tiene su chiste, no cualquiera lo puede ejercer; se necesita ser un poco histrión, un poco político, un poco ojete, un poco misericordioso, un poco sacerdote. Lo que pasa es que el comercio de autos es especial, los coches son una extensión de tu casa y me atrevería a decir que de ti mismo; guardan un valor especial. ¿A poco no te acuerdas de tu primer carro?, y cuántas veces no has dicho en tono de presunción: “Ah, si el asiento trasero de mi vocho hablara”. Imagínate autos que pasaron veinte o treinta años con una misma familia; te prometo que se llegan a querer igual que a las abuelitas: entonces llego yo y le ofrezco al pater familia tres pesos por la nave, haciéndole ver la realidad: “Señor la neta su hija para ser modelo necesita bajar 120 kilos, operarse las verrugas, y ponerse coronas de porcelana en esos dientes muy afectados por las caries”. Permíteme el símil, doctor. Lo que te quiero ilustrar es que después de ver veinte años seguidos a una hija así, pues pierdes digamos que objetividad. Y el golpe con la realidad es muy duro, vas tratando de decir poco a poquito lo que realmente vale el bote; pero invariablemente de primera instancia te mientan la madre. Ya después de lo que se trata es de papachar y soliviantar la voluntad del otro, del que vende, o del que compra: convencer que no forzar, convencer es lo más bonito del amor (recuerda el asiento trasero del vocho).
Todo este choro de los coches era necesario para darle expresión dramática a la primera historia, para que la comprendieras en su justa dimensión: ahí estoy yo vendiendo mis carritos y por mal fario del destino, se aposentan en la calle donde hago la vendimia, un par de autos particulares que a leguas se ve que son de guarros, genízaros, tiras, guaruras, y no cualquier policía; estos son federicos, federales, de la PGR, específicamente un comandante y sus compinches de algo que hace años se llamaba Instituto Nacional para el Combate a las Drogas. Al menos así se identificaron cuando al terminar yo de mostrar un auto, me hicieron el alto y me charolearon, me pidieron que me identificara y me hicieron mostrarles los documentos que amparaban la legalidad, y la propiedad de dicho carro: “Oiga, amigo, tiene mucha clientela; tenemos tres días observándolo y no se da abasto. ¿Dónde compra los carritos? ¿Es buen negocio? La neta, ¿todos son derechos o hay calientitos? ¿A quién le lavas la feria? ¿Por qué te pones nervioso?”. Yo, con esa falsa tranquilidad que te da la calle, las broncas, o el no tener a ningún conocido “bien parado”, alcanzo a contestar:
— ¡Qué pasó oficial! Todo está en regla, revise usted; y no, no estoy nervioso—. Y el comanche deja ir la negritud de sus verdaderas intenciones.
—No, pues que bueno que me lo aclare. Sigue el Jefe ya en tono muy amable:
—Es que me gustó mucho el mustancito ese rojo que tiene, está bien cuidadito. ¿Verdad que te dije Perico? —y contesta El Perico como quien le habla a sus mayores: —Sí, apá.
Dice el comanche: —Desde que lo vi por primera vez me encantó, y me dije “para mi hijita ahora en sus quince”. ¿Cuánto quiere por el coche, cuánto es lo menos con ganas de venderlo, y si le da alguna facilidad de pago aquí a los cuates?
—Lo menos es tanto, ya con ganas de que se lo quede su hijita; y no, no doy facilidades de pago.
—Qué lástima porque no alcanzo a completarle, ¿verdad, Gámez? —y el tal Gámez contesta descarado:
—Así es don, del bisnes de aquí no ha salido nada, y ya llevamos quince días espiando a estos cabrones colombianos. ¿Verdad, Jefe?
—Sip, ponle las grabaciones al joven para que vea que no es mentira.
De la caja de teléfonos sacan una grabadora pequeñita, sin dejarme elegir me pone los audífonos y escucho:
“Aló, aló. Hola, Roberto, ¿cómo está? Seguimos esperando a toda la familia. No, no ha llegado nadie y ya tenemos rato. Ya se va a cumplir otro mes y la gente del otro lado ya está inquieta. ¿Usted sabe algo?”.
Me quitan los audífonos y me dicen como si yo entendiera perfectamente el lenguaje cifrado del narco: —Ya ve.
2
Pasó otro día y ellos seguían ahí. Yo no podía hacer nada, se me venían los gastos encima y tenía que seguir trabajando con o sin guarros. En uno de mis ires y venires me pararon El Gámez y El Perico (no estaba El Comandante) y me dijeron:
—Que dice El Jefe si nos presta tantito el Mustang, es que tenemos que hacer un mandado y así sirve que probamos el carrito.
Sonaron las alarmas dentro de mí: jamás se presta un coche y menos a unos judiciales con aliento alcohólico. Perfectamente distinguí el movimiento “discreto”, que hacen ellos, y que me permite encontrar entre sus hinchados estómagos y el cinturón imitación pita, con gran fajilla que presenta en el centro un cebú dorado, un par de pistolas tipo escuadra enormes, con el escudo nacional en las cachas. Tardé en contestar.
— ¿Qué pasó, jovenazo?; ¿se va a apretar?, ¿se va a poner marro? Ya sabe, hoy por nosotros, mañana por usted. ¿Quién sabe? A lo mejor mañana el que nos está pidiendo un paro es usted.
Tiene razón la filosofía cuando dice que en la vida estamos condenados a la soledad, y a la libertad de elegir; para bien o para mal, un volado, el factor suerte: ¿águila o sol?
¿Tu vi or not tu vi? ¿Me lanzo o no me lanzo? ¿Les presto el mustangio o no? En fracciones de segundo sopesé pros y contras, y llegué a una estúpida conclusión producto de mi juventud, y que intentaba ser salomónica: prestarles el coche ni loco, nunca jamás; negárselos tendría sus riesgos y tal vez consecuencias: provocar la ira de los judas. Así que rápidamente contesté:
—Yo los llevo, jefe.
Para mi sorpresa, pensé que insistirían en el préstamo. Las gandayas se sonrieron y me contestaron: — ¡Sale!; pero vámonos en friega porque se hace tarde. Así los tres nos subimos al hijo de Lee Iacoca. Y ahí te vamos a quién sabe dónde, solo recuerdo que me dijeron que íbamos hacia el oriente de la ciudad: “por Iztapalapa”. Durante el camino, tenso como iba, hablé poco; ellos en cambio se explayaron en anécdotas y admiraciones para su comandante: “es un chingón, se las sabe todas. Empezó muy chavo y estuvo con el mero mero en la DIP; con el mismo Negro Durazo. ¿Verdad, pareja?
—Al chile, sip, El Jefe Ortiz es muy respetado por todos los mandos.
Llegamos a una colonia sin calles pavimentadas, nos metimos por un laberinto de terrecerías, hasta dar con una casa de una sola planta, toda gris, sin pintura; los únicos rastros de color, eran los grafitis plasmados en la pared por las diferentes bandas de la zona. Se bajaron los chotas y tímidamente les dije: —Aquí los espero—, pensando sinceramente en dejarlos ahí, y salir corriendo.
—Nel, usted viene con nosotros—. Esto último dicho por los tamemes ya en un tono franco de que es a fuerza. No me gustó el modito, pero ni qué hacer, ya habíamos llegado y no me podía echar para atrás. Además yo sé que te va a resultar incomprensible esto que te voy a decir, rey, pero en el fondo tenía ganas de llegar hasta las últimas consecuencias, por morbo, o por curiosidad de mis veinte años.
Nada más al bajar del coche me pidieron, casi mi exigieron las llaves del mismo: “Es por si hay que mover la nave”. Mansamente di las llaves, tocaron tres veces en la reja oxidada de la casa y abrió una niña de no más de doce años de edad. A pesar de los jiotes, la niña no era fea y conservaba la mirada ingenua de quien solo piensa en caricaturas, esto me tranquilizó y más cuando, reconocidos los policarpos, fuimos invitados todos a pasar al interior del jacalote. Ya dentro, la estancia inspiraba más confianza pues se encontraba lo que supuse sería una familia completa: mamá, papá, abuelitos y niños viendo la tele; el cuadro de La Última Cena, los trofeos de fútbol, los recuerditos de las bodas y los bautizos, y un retrato grande que presentaba a un joven de rostro serio, frío; vestido de gala en uniforme de marino; empuñaba con la mano derecha un sable que tenía como mango la figura de un águila con el pico abierto, dispuesta a atacarte. Olía fuerte; a gas fugado, a gas quemado, a frijoles rancios, a metro. Cuando entramos toda esta gente ni siquiera volteó a mirarnos, como si no existiéramos; los judas, y yo en un tono más bien humilde y como pidiendo perdón por la intromisión, dijimos buenas tardes, un judicial añadió: — ¿Y El Chilín, jefe? Y el que al parecer era el papá le contestó en un tono seco sin siquiera mirarlo:
—Gerardo está atrás, en su cuarto.
Pasamos no sin antes decir “compermisito”. Recorrimos un largo pasillo y del fondo nos empezaron a llegar risas, llegamos a una puerta cerrada tocamos y nos abrió un monstruo. El tipo que nos recibió pesaría unos 130 kilos, distribuidos en aproximadamente 1.90 metros de estatura; nos sonrió con unos labios gruesos y color morado que se fundían en una cara hinchada, tenía manoplas en lugar de manos, y en esas manazas se perdió mi manita sudada cuando tuve que saludar al hijo de Shrek. Nos invitó a pasar a una habitación grande en donde encontramos a cerca de 15 personas, todos bebiendo refrescos de toronja con dos botellas de tequila blanco, sentados en sillas con el logo de una cervecería en el respaldo. Las sillas hacían una media luna alrededor de una cama grande, de sábanas sucias y colchas rotas, en donde estaba acostado un cadáver, un muerto viviente, un hombre en los puros huesos; las carnes de la cara se le encajaban en los pómulos salidísimos, los cabellos ralos y revueltos, los ojos saltones y rasgados no veían; te traspasaban sin misericordia, haciéndote sentir el peso de lo que han visto, de lo que han atestiguado, puertas que te llevaban seguro al infierno del alma de este tipo.
— ¡Qué pasó, hijos de la chingada! ¿Dónde se han metido?—, saludó con voz ronca el muerto-vivo, para después preguntar: — ¿Y este güey, quién es?—, señalándome a mí. Los judiciales prácticamente me empujaron hacia la cama pidiéndome que saludara al Jefe Chilín (así lo llamaron en voz alta). Me acerqué y olía a podredumbre, a perro muerto, a comida descompuesta revuelta con algún desodorante ambiental para baños, que alcancé a ver estaba al lado de la cama tirado en el piso. No supe qué hacer, mejor dicho no quería darle la mano; pero, ¿cómo evitarlo?, resignado le ofrecí mi mano derecha en donde supuse estaría la suya descarnada, cadavérica, y lo supuse porque hasta ese momento el Jefe Chilín estaba tapado con las cobijas hasta el cuello. Observé cómo empezaba hacer el movimiento para sacar un brazo de las cobijas y saludarme, yo tenía mucho asco y luchaba con la mejor de mis sonrisas para que no se notara, ya estaba resignado cuando del fondo de las cobijas salió la mano, pero no estaba sola, la acompañaba una pistola enorme, tipo revolver que me apuntó directo.
La sorpresa me hizo trastabillar; di un paso hacia atrás con intenciones de alejarme, pero, ya descarados, los dos judiciales por la fuerza me obligaron a permanecer de frente a la calaca empistolada, a la vez que me decían: —No le pasa nada. Salude.
Ofrecí mi mano y el muerto sin dejar de apuntarme sacó el brazo izquierdo, y en un movimiento incómodo para los dos nos saludamos en esa su izquierda. No me soltó de inmediato, se me quedó viendo y empezó a decir:
— ¿Sabes cuántos cabrones he visto volar con esta? (señalando la pistola); sí, cabrón, volar por el aire; ¡pum! Y ahí vas pa’tras uno, dos metros; ¡pum! Y saltas por el aire otro metro; ¡pum! Y te vuelo media cabeza; ¡pum! Directo a las entrañas y antes de que te caigas, puedo ver a través del hoyo que te dejé.
No era chiste, nadie en la habitación se reía, por el contrario todos estaban muy serios y respetuosos de lo que contaba aquel hombre:
—Todo es cosa de ganar el primer tiempo, si te apendejas te lleva la chingada; o, ¿no?, pinches judiciales culeros—. Los policías asintiendo con la cabeza, y el muerto sigue: —Yo no me apendejé, había buti tiras, y los hijos de su pinche madre (sus cómplices) me dejaron solo y al grito de ¡me la pelan! que empiezo: ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, ¡pum! (con la mano de la pistola, imitaba la “patada” que daba esta a cada disparo mientras apuntaba a diferentes objetivos); y siguió: —Seis, siete disparos hasta que sentí el madrazo en la pierna, me caí de madre, me tumbó el balazo y como pude salí del banco; todavía alcancé a traerme una bolsa con pura pinche morralla, no alcanzó para el alcohol ni las vendas. Y aquí estoy todo jodido, pudriéndome por dentro, pero esto sí te digo pinche Muralla —dirigiéndose al monstruo que nos abrió—, voy a pescar al Chipotes; murallita china y verás que no vuelve a dejar abandonado a un compa en un jale.
Para estos momentos ya me había dejado de apuntar, me soltó la mano, y pude observar dos cosas: un tatuaje en su brazo, con forma de calavera fumando, que podía ser su autorretrato, y me di cuenta de que el marino del retrato de la entrada y él eran la misma persona, aunque no se parecieran en nada.
Al fin salimos de esa casa y yo estaba pálido y tembloroso. Los judas, creo, respetando las secuelas de mí miedo no hicieron comentarios. Ya casi llegando de regreso me preguntaron con cierta ironía reflejada en una sonrisita idiota:
— ¿A poco se espantó?
—Un poquito
—Ja, ja, ja; “un poquito”. Si conoció al as de la baraja, al bueno de Iztapa-lacra.
— ¿Será?
— Allá no se mueve nada sin el permiso del Chilín.
— ¡Újule, pareja!, si el jovenazo viene espantado, mejor que no le contamos lo que traemos.
Extrañado pregunto qué traemos, si ellos no salieron ni un momento del cuarto, y yo no vi que tomaran algo. Debajo del asiento del copiloto sacan dos ladrillos envueltos en papel aluminio, y estos a su vez guardados en plástico transparente que deja ver dos sellos en forma de escorpión. Me los muestran:
—La pura caspa del diablo, jovenazo (cocaína), el encarguito por el que fuimos.
En mi mente aparece la imagen cuando les di las llaves del auto, y lo comprendo todo. Me siento mal, estoy mareado y tengo ganas de vomitar. Ya no veo el momento en que lleguemos y me pueda meter a bañar; empiezo a comprender el tamaño de estupidez que hice, y esta no se arreglará con una bañada, necesito desaparecer y desaparezco.
3
Máster, mi rey; acá tu buen siguió y siguió por la vida, y en este deambular me hice burócrata de postín, empleado de gobierno de “primer nivel”. ¡Ay, Güeyyy! Hombre de las confianzas de un Subsecretario del gobierno federal, cercanísimo al mismo Secretario de Gobernación. Tenía yo este puesto de asesor en gober; haz esto, haz lo otro, haz aquello y esto de hacer como asesor se resumía a: “redáctate un desplegado a favor del Secretario, lo va a firmar la Asociación de Músicos, así que ponle melodía”; o “realiza un estudio de impactos de prensa tanto a favor como en contra del Secretario, a los periodistas que escriben en con¬tra ponlos en una lista aparte y si ya van más de tres artículos negativos, los invitas a desayunar y les preguntas qué pasó”. Y en uno de esos días llegó mi cumpleaños, mientras estaba redactando un escrito de apoyo al Secretario de Gobernación; suscrito por el Sindicato de Trabajadores de la Industria Nopalera, que decía básicamente que no fuéramos babosos, y que apoyáramos la noble labor del secre.
Consuelito, quien era la asistente de un colaborador del Secretario muy importante, me informó: — Lic., le llama el Lic., que lo espera en su oficina, que no se tarde por favor.
No era cosa de hacer esperar a este funcionario tan importante, con quien yo me llevaba muy bien, y hasta podríamos decir que éramos como amigos; me dirigí de inmediato a su oficina. Y aquí, rey, empieza la segunda historia, el otro dilema, la otra elección impostergable y una vez más la realidad de estar completamente solo, ante el destino que en fracciones de segundo puede cambiar tu vida por completo. Toco y entro a la oficina, comedidamente se levanta a saludarme el Lic., cierra tras de mí la puerta y me abraza.
— ¡Hombre! Licenciado, ¡muchas felicidades!, que pase usted su cumpleaños lleno de felicidad rodeado de los suyos.
—Muchas gracias, licenciado. Correspondo al abrazo riñonero mientras me palmea la espalda el Lic.; pesará unos 130 kilos, repartidos en 1.90 metros de estatura, no alcanzo a abarcarlo todo. Huele fino. Por un momento nos quedamos frente a frente, él tomándome por los hombros; yo le llego casi al ombligo, noto de su aliento un discreto tufo a alcohol. La camisa impecable, mandada hacer, su corbata le queda ridículamente pequeña y está hecha trenzas, en una de las vueltas se puede leer la palabra Hermés. En la habitación está otra persona que ya se ha levantado para saludarme, el licenciado me presenta con él.
—Lic., tengo el gusto de presentarle —señalándome al hombre— a nuestro comisionado para el combate a las drogas en la zona norte del país—. Siguió: —El licenciado, aparte de su vocación de servicio público, es un gran artista, exquisito poeta de enorme sensibilidad. Seguramente usted, Lic., que es una persona informada, conocerá algo de su obra—. Dirigiéndose al hombre le pidió: — ¿Por qué no le tarareas una de tus canciones aquí al licenciado a ver si la reconoce?— El hombre empezó a cantar una melodía muy popular, conocidísima por medio mundo, creo que hasta concursó en un OTI.
—No me diga que usted es el autor de esta canción, si no mal recuerdo la cantaba fulana de tal. Es preciosa. Acentúo hipócritamente.
—Así es, licenciado. Me contesta y se sigue por ahí: —El servicio público tiene largas horas de trabajo, pero qué le puedo yo contar a usted, que está en lo mismo. Sin embargo uno se tiene que dar tiempo para alimentar al espíritu, al poeta y loco; al niño y al bohemio que nos habita licenciado, y que nos recuerda que somos simples seres humanos, que sufrimos y gozamos.
Después del discurso y ante el arrastre de sus palabras pensé: “este güey está francamente borracho, pero ¡no friegues! Son las diez de la mañana”. Observé sobre el escritorio de mi casi amigo, una botella de vodka fino consumida hasta la mitad, junto a ella estaba un litro de jugo de naranja abierto. Prosiguió el compositor:
—Pero le mandamos llamar porque me enteré a través de mi amigo, el coordinador, que el día de hoy es su cumpleaños. Y aun sin conocerlo me permití traerle un presente, un regalo que atestigua mi buena fe y mi interés de seguir trabajando juntos. Sí, no se sorprenda licenciado, ni crea que estoy confundido porque yo estoy allá en el norte del país y usted en el centro. De buena fuente sé que usted será propuesto para una alta comisión precisamente en el norte del país— me informó el artista y burócrata.
— ¡Ah, caray!— le respondí. —Ahora sí que me deja sorprendido, yo no sé nada de esto que me dice.
—Pormenores licenciado, pormenores; ya se enterará usted. Por lo pronto lo más importante es darle su regalo—. Dicho esto cruzó el brazo por el interior de su saco, y de una de las bolsas extrajo un salero. Sí, un salero para verter sal; de esos grandes de vidrio transparente, y donde los hoyitos para escanciar el contenido forman una “S”.
Al momento de poner el salero sobre el escritorio dijo orgulloso y sin ningún tipo de escrúpulo: —Oro blanco boliviano, licenciado, sin cortes, sin trucos, 20 gramos puros sembrados, cosechados, y procesados en las alturas de Bolivia, una belleza en color y efecto. La mejor cocaína del mundo, y no hablo de precios porque no quiero ofenderlo licenciado, pero esto compraría muchas voluntades.
Seguramente yo tenía la boca abierta por la sorpresa, no sabía qué responder, cómo actuar. La situación era en sí misma absurda, estábamos a menos de 20 metros de la oficina del Secretario de Gobernación. El bohemio destapó el salero, le quitó un papel que evitaba que el contenido se saliera por la “S”, y me dijo haciendo dos líneas blancas:
—Por favor, háganos los honores—. En cámara lenta volteo a ver a quien definitivamente ya no es mi amigo, y observo cómo el tipo sonriente, con una mirada vaga, se afloja el nudo de la corbata, se abre la camisa y de entre una camiseta, y los pliegues de su gordo cuello extrae una gruesa cadena de oro, que saca por arriba de su cabeza. De la cadena cuelga una cucharilla, una cuchara a escala mínima que supongo es de oro también, y que veo tiene bellos arabescos como adorno. Me pregunta feliz:
—¿Cucharita o popote, Lic.?
En fracciones de segundo pasan por mi mente varias conjeturas: “es broma, es un cuatro, es una prueba, es… es… la neta”, y antes de terminar estos pensamientos, el compositor se agacha y con una facilidad que no deja dudas de su experiencia en estos menesteres; aspira con dos inhalaciones largas interminables los caminitos de nieve que había vertido en el escritorio.
—Sírvame vodka, licenciado, por favor, para bajarme el pase. ¡Qué bárbaro! ¡Qué finura de material! Y no se lo estoy “cantando” licenciado, es solo la verdad. No cabe duda que el comandante Ortiz, decano de la policía mexicana; de esa policía que los ladrones respetaban, la de Arturo Durazo; consigue la crem de la crem.
Antes de que intentara hacer dos líneas más me adelanté e hice mi jugada; ya había calculado las posibilidades, pensé: “estos güeyes están locos o me confundieron, yo no voy a ninguna comisión al norte, tampoco se trata de hacerlos enojar desairándolos”. Así que señalé serio:
—Yo estoy verdaderamente conmovido con este detalle de amabilidad de su parte licenciados, estoy seguro que de seguir formando equipo con ustedes, podremos lograr cosas importantes dentro del servicio público. Sobre todo aprender yo, que soy el más novato, los interiores de la política mexicana. Gracias, muchas gracias por sus expresiones de generosidad, de confianza en mí. Sin embargo, me temo que no puedo aceptar su obsequio. Disculpen que para dar razón de esto necesite hablar de mi vida privada. Me acabo de divorciar y uno de los motivos, el principal, que causó esto es que tengo un problema de infertilidad. La que era mi esposa no pudo soportar esta situación, e ilusionada por ser madre en las formas naturales en que se es me pidió el divorcio, que no pude negarle comprendiendo la alta misión de una mujer ante su destino natural. Así, como el poeta, “cerrando los ojos, la dejé pasar…”. Tengo esperanza que pronto la vida me reconforte con otra ilusión, con otro amor; pero no soy ingenuo, sé perfectamente que a una familia la conforman los hijos, sin estos ¿qué sentido tiene la relación? ¿Qué sentido tiene la presencia en el mundo, sino se deja una semilla que germine en bien de la familia, de la patria? Así que me estoy sometiendo a un tratamiento con químicos muy agresivos, el doctor que me lo está aplicando me da algunas esperanzas, pero me advierte que lo debo seguir rigurosamente, con disciplina espartana. No puedo tomar ni una aspirina sin la supervisión del médico, sé que ustedes comprenderán.
Se hizo un silencio total durante los instantes siguientes a mis excusas por no poder drogarme; me dio la sensación de que no creyeron lo que les dije, pero de alguna manera reconocían el valor inventivo del rollo que les había tirado. Ambos cruzaron fugazmente una mirada de interrogación sin decirse nada, hasta que el bohemio, poeta y drogo comentó:
—No hay ningún problema, licenciado, le vamos a guardar aquí su regalito y cuando termine su tratamiento, entonces sí lo celebramos como debe de ser.
Platicamos un rato más sobre la convulsionada política nacional, y, cortésmente, dando de nuevo las gracias, me despedí y salí de aquella oficina.
Han pasado muchos años desde estos dos eventos, completamente aislados uno del otro, pero ligados por los temas de la droga y la corrupción. Nunca hubiera imaginado que en alguna parte de mi vida las aristas de estos sucesos se tocarían, al menos en mi mente ¿imaginación?, formando un círculo conmigo en medio.
Leo la primera plana del periódico, la noticia principal es el secuestro y asesinato de un niño de 14 años, hijo de un empresario mexicano. Se habla de la captura de los delincuentes que, posiblemente, lo privaron de su libertad, y peor aun de su joven vida. Me conmueve el relato de lo ocurrido y sigo leyendo: “…el jefe de la banda, también conocido como el comandante Ortiz, el apá, el…, que trabajó en la desaparecida.., bajo las órdenes del Negro…”. Cierro el periódico y me dedico a mi cotidianidad, a la rutina diaria, y en un momento todo se paraliza, del fondo de mis recuerdos surgen imágenes, palabras, sucesos. Me digo que estoy loco, que me invento cosas; sacudo la cabeza para alejar estos pensamientos, pero vuelven a mí con más nitidez, casi presentes a pesar del tiempo. Comienzo a sentir miedo, miedo a los fantasmas en los que no creo, sin embargo no me atrevo a abrir los ojos por temor a encontrármelos de frente.

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