PALABRAS DE VARÓN


¡Santo Dios! ¡Cuántas veces, casi con las mismas palabras, se ha conformado en la mente de cuántos varones (o mujeres) en las noches de sus vidas! Parece que alguno hubiera dictado sus visiones, que sus sentimientos en rebeldía viajaran hasta otra conciencia para inyectarse fluidas a través de unos dedos que no son los suyos y, presionando las teclas, dejar su huella perenne, traviesa.

PUERTA DEL CIELO
Obras así son las que nos convencen de que los derechos de autor son pura vacilada. Las ideas van y vienen, pertenecen sólo a quien las toma en la oportunidad, pero son tan caprichosas, que una vez apresadas, con habilidad de escapista redomado, vuelven al espacio en busca de otros ojos, otros labios, otras manos, otros corazones que las transformen.

Si apenas logra un autor ser dueño de su sustancia, con qué soberbia se atrevería a exclamar "¡Me han plagiado!" luego de atender el texto "Canción de amor de un perro vagabundo" de la escritora Mary Rodríguez y que el editor de esta revista Indicios Magazín-e había sugerido en la mesa de juntas comentar dentro de la sección Elogio de la Lectura, pero que más raudas que un bólido adoptamos como reto para exponer como muestra clara de que la mujer puede muy bien pensar y expresarse como hombre y viceversa, un hombre como mujer. Simplemente es cuestión de concentrarse en el lado complementario de cada quien, el hombre en su feminidad intrínseca; la mujer en su masculinidad heredada.
Al fin que nada es de uno, una vez desprendido de uno. Vana necedad nos acosa entre las líneas de la melancolía que, cuando vemos perdida la idea, creemos también perdido el fundamento.
Estupidez. Lo que digo, lo que pienso, lo que espero. Básteme la referencia cabal a tu nombre como al mío, y habré de considerarme personaje tan tuyo, como el imaginado en las líneas que dieran pie a este impulso, envidioso deseo.
Pero todo lo expuesto arriba, puede considerarse en referencia tanto a la fotografía de Billy Bulnes que ilustra el texto como a la narración de Mary Rodríguez. Pues el ser del hombre o la mujer, colocados cuales Gén-Eros Con-Texto semejan peculiares puertas cuya llave maestra la guarda el Amor.

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