ESTAR DESPIERTO

Estar despierto a veces es más difícil que vivir dentro de un sueño. Y más cuando sucede lo inesperado, lo poco probable.
Me leyó y aún más. ¡Me habló! Tomó el teléfono, marcó mi número, ¡ahora sé su nombre y un poco más! ¿Es real esta experiencia? Sí, aun cuando no lo creo. Quizá me encuentro soñando dentro del sueño y, como en un juego de espejos, topo con la reflexión del mismo anhelo.
Luego, del mismo modo que ella pudo corroborar mi existencia por medio de esta maravillosa tecnología de la Internet, me di a la tarea de navegar a su encuentro virtual y ¡también la hallé!, entre muchas imágenes del mismo nombre. ¡Y también le hablé y conversamos un momento!
Me sentí envuelto por las ondas musicales del impresionismo, elevado a alturas insospechadas. De pronto mi entorno me pareció hecho de pinceladas frenéticas, de esas que es necesario mirar de lejos para observar la verdadera forma revelada. Y ahora, vuelvo a este párrafo tras haber terminado el texto para regañarme por ceder a la inconstancia movido por la emoción, por caer en la torpeza de escribir con apremio sin reparar en el cuidado de la forma, abusando de la cacofonía. Ya qué remedio.
Ahora creo comprender a las semillas. Eso de pasar de la posibilidad imaginada a la realidad terrena puede ser tan extraordinario como lo que sigue al sí o al no.
¿Qué sigue? Si he de pensar como Kierkegaard, no puede entenderse el Diario de un Seductor sin experimentar Temor y Temblor.

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