Vereda


A Isela Domínguez, detonadora de este sendero.
A Martha Aguilar Dueñas, uno de tantos inspiradores viandantes que han posado sus plantas en él.

Hay cosas
que se quedan
en el camino,
algunas para siempre...
pero reconforta
saber que el camino
ahí
sigue;
a veces
un poco maltrecho,
quizá invadido por la yerba,
olvidado por las huellas de ahora
y borradas las de antaño,
pero sí,
ahí
sigue,
al menos trazado
en la memoria.


Hay cosas
que simplemente se van
luego de haber venido,
siguiendo el derrotero
que lleva de tu vida
a la mía
y de regreso;
pero reconforta saber
que el camino continúa
ahí,
dispuesto,
esperando albergar tus pasos
y mi tendencia
a imaginarte
ahí,
dispuesta,
realidad
hecha memoria.

Hay cosas,
personas,
momentos,
que vinieron
y se fueron,
tomando el sendero
ese que conduce a mi alma,
ese que tiene como punto de partida
tu mirada.
Y reconforta recordar
que el camino está
ahí,
justo
en tus pupilas,
anhelando el beso pendiente,
desafiando el abrazo posible
abrasando al sol ardiente,
con la sombra de estas mis ramas
a la vera de tu ser extendidas,
alas de mi amor abiertas
así,
como ahora,
con plumas que semejan palabras
desprendidas
ahí,
sobre la senda que sobre tu piel
establece la vía
directa
al fondo de mi afán.

Hay cosas,
¿sabes?,
que a pesar de ti y de mí,
y de otros hacen vereda
entre tú y yo,
atajo
por el cual acortar el trayecto
al horizonte
entrambos.
Reconforta saber,
aunque no siendo ciencia cierta,
que la calzada está sembrada
aquí, allí, allá,
allende, aquende,
acá, acullá,
de tus suspiros y los míos,
de tus silencios y los míos,
de nuestros encuentros,
esos que suscitaron,
ahí,
en medio de la ruta,
la confluencia de los vericuetos
de nuestra forma de amarnos.
Mañana vendrás de este lado,
quizá buscándome,
y yo iré
en la dirección contraria,
seguro de hallarte
encarrilada a mí,
paralela.

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