Sherezada

Era la última historia,
la que no habría de quedar registrada
en el libro de las mil ilusiones
que es esta piel mía tan llena de fantasías.
En ella, Sherezada puso todos sus sentidos...

Del mismo modo que yo,
sultán empero hombre, observó.
La miré cuidadosamente.
Recorrí cada milímetro de su cuerpo
con las manos,
invisibles y largas manos,
de mi pupila.
Mientras, ella narraba
atenta a cada movimiento gesticular;
pausaba el ritmo de su respiración
con el propósito de ocasionarme,
de provocarme paroxismo,
ensoñación.
Del mismo modo que mi vista la abarcaba
de pies a cabeza su aroma me seducía
con forma de ondas de palabras.
Ríos de metáforas hacían un envolvente flujo
que nacía en tres fuentes:
su boca que es tu boca que es la mía,
sus labios tan bajos como elevados,
su corazón que es tu alma que es la mía.
Repentinamente me transformé en tapete,
suerte de alfombra voladora.
Ella que eres tú, sentada sobre mí
decía (me ordenabas) ¡vuela!
Estando en contacto con tu piel morena
ascendí
y surcamos juntos las nubes
y aramos tu piel y la mía y sembramos ilusiones
y cogimos y recogimos
varias veces más
el beneficio fabuloso
de encender una hoguera
sobre la arena,
de humedecer nuestros pasos
con la humedad de la nostalgia,
hundiendo nuestros dedos en la fosa,
melancólica alberca,
de nuestra soledad.

Sherezada terminó su cuento.
Yo terminé y vine al cuento.

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