EL ADMIRADOR SECRETO

Esta tarde, a medio día para ser más preciso, la vi otra vez. A la mujer fantasma. La bauticé así desde la primera ocasión, porque así como apareció se esfumó luego de inquietarme con su fugaz y lejana presencia.

Aquella primera vez la vi igual que ahora, cuando ella bajaba del transporte público. Coincidimos en el camino y, entonces, sin yo proponérmelo la seguí, pero en un punto determinado simplemente ya no estaba. La perdí de vista y el ansia se apoderó de mí.

Ahora, sucedió casi igual. Yo llevaba un rumbo distinto, pero el recuerdo de la ansiedad y el deseo que despertó en mí me impulsó a seguirla con todo propósito, tratar de abordarla como he hecho con otras mujeres que de pronto me atraen como la miel a los osos, despertando el otro que habita en mí, el que por tantos años se mantuvo soterrado en la prisión de la timidez. Decirle un rápido, ingenioso piropo capaz de sonrojarla, de hacerla sentir más que halagada, deseada, amada.

Caminaba muy rápido. La distancia era bastante entre los dos. Al llegar a la esquina de la ocasión anterior de nuevo desapareció de mi vista. Pero esta vez no me rendí tan pronto, agucé mis sentidos y vi cómo se alejaba por un costado, recorriendo las cuadras, cruzando las calles. Apreté el paso, sin perder la discreción. Tenía que saber, por lo menos, dónde vive; y lo conseguí. La vi entrar en un domicilio, una casa remodelada para dar cabida a tres departamentos, uno por piso. Ella introdujo la llave en la cerradura, entró, pero ya no pude saber a qué departamento. Di media vuelta y me concentré en cumplir la diligencia del trabajo. La distracción no mermó mi labor más allá de unos pocos minutos.

Al regresar a la oficina, solo una cosa tenía en mente. Algo debía hacer. Me puse a escribir una carta. No podía dejar de decirle lo que había provocado en mí. Así hice.

Entonces, dudoso, sometí a escrutinio mi texto entre las mujeres de la oficina y recibí los comentarios más diversos y contradictorios, desde aquellos que aplaudían mi osadía y consideraban romántica la idea, hasta aquellos de quienes en un pragmatismo supino y grosero decían, "déjate de mamadas y directamente dí lo que piensas, quién eres"; o aquellos comentarios de quienes, aprehensivos y con un sentido de paranoia "razonable" advertían que podía meter a ella o meterme en problemas, que mi acto podía ser considerado de acechanza, de acoso. Alguna de las mujeres me conminó a primero investigar si era casada esa mujer. Pensé, pensé, pensé.

Finalmente tomé una decisión. No haría una burrada. Me dirigí a la dirección. Toqué uno de los timbres, no supe de cuál vivienda. La voz de una mujer respondió. No sabía cómo explicar mi llamado, cómo justificar mi audacia, mi atrevimiento de llamar a una puerta de una casa sin más datos que lo que mis ojos pudieron captar por unos breves minutos, y lo que mi corazón me había dictado momentos antes.

Pues siempre he sido partidario de la verdad, hablé basado en ella. "Vengo buscando una mujer que entró en este domicilio, pero no tengo más informacíon. Sé que parece una locura de mi parte. Escribí un texto para ella, pero como no quiero cometer una barrabasada ni generar un problema a nadie, incluido yo, permítame leerle el texto y ya usted me dirá si es pertinente depositar la carta en el buzón para que llegue a su destinataria".

La mujer tras la puerta se mostró sorprendida, pero accedió a escuchar. Esto es lo que leí:

Distinguida y apreciada mujer y vecina:
El interés y motivo de esta carta es simple. Sé que el solo hecho de recibirla la sorprenderá (te sorprenderá, si me permite dirigirme a usted de forma más familiar). Pero, por favor, no pienses mal ni te asustes. Si algo puede preocuparme es tanto tu identidad, como tu persona y sobre todo tu seguridad y el bienestar tuyo y de la gente que quieres y estimas.
Sí, sé que el suspenso que genero con las líneas anteriores no ayuda en mi afán, por eso abrevio y te digo que me mueve a escribirte solo tu existencia. Haber descubierto un día soleado que frente a mí caminaba otro sol tan resplandeciente. A mis ojos brillaste y no por el color de tu cabellera o de tu tez o por la forma como se dibuja el horizonte en tu escultural, atlética silueta. Simplemente brillaste y de modo tal que no pude evitar mirarte y notarte.
Por favor, ve en mí solamente un ocasional admirador, de esos que, por el misterio que habita tras de la eventual musa, acaso solo aspiran a soñar con ella. Afortunado debe ser quien goce tu presencia y aún más si todavía disfruta de las mieles del amor que, como lo imagino, destilas y con las cuales debe uno terminar fascinado por tu encanto.
He dedicido, aun contra la imagen que de mí pudieras hacerte (en el supuesto de poder identificarme, pues presumo que hemos coincidido otras veces pero solo ahora, cual visión, arrebataste mi ánimo), escribir esta misiva y de esta manera, más que para mostrarme tras mi timidez, para presentar mis respetos.
Para efecto de este papel mantendré el anonimato; y no por molestar, mucho menos para hacerte sentir acosada o cosa parecida, algo totalmente lejano de mis intenciones. Ve estas líneas como un halago, nada más; quizá como una promesa a futuro en la medida que puedas descubrir en la "red" de mi "vetacreativa" la fuente de mi "VETA Literaria".
Firma, un admirador secreto que no lo es tanto.

Terminé mi lectura y arriba de mí, parada sobre una saliente del muro estaba la mujer que había respondido a la puerta. "¿Me escucha aún?", pregunté. "Sí, y te estoy viendo". Me dijo que ahí no vivía ninguna mujer como la que enseguida le describí, que tal vez había sido alguna visita. No discutí. Agradecí la atención y me presenté formalmente, dando mis generales para que la mujer se sintiera tranquila. Guardé la carta en el bolsillo y me retiré del lugar con una duda en la cabeza: ¿quién mató al romanticismo?

Tal vez mañana o pasado volveremos a cruzar nuestros caminos. Por ahora, sé que habita... en un rincón de mi ensueño.

Tú, ¿qué habrías hecho? 

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