El terodáctilo psicodélico


Cuento-capítulo perteneciente a mi Laberinto Bestial 1. Semillero de Indicios.


Aquello sucedió, inexorablemente, un día. Desde entonces no puedo apartarlo de mi mente.

Tendría yo unos ocho años. Aún era cándido y fantasioso. No obstante, aquel hecho tan real me hizo sentir como el ser más afortunado de este mundo.

Al salir de la escuela, ya rumbo a mi casa, lo vi. Estaba descansando sobre una roca en medio de un charco; bebía plácidamente la humedad de la arena en derredor suyo. Sus alas extendidas al cielo palpitaban pesadamente. Me acerqué sigiloso para admirarlo de cerca. No se inmutó en lo más mínimo. Con cuidado dejé la mochila en el piso y me encuclillé. Él se mantenía ocupado en su tarea, ajeno a mi curiosidad. Entonces tomé una determinación: montaría su lomo y surcaría el aire, volando sobre él entre las ramas de los árboles y las nubes y las estrellas y los silencios siderales.

Ayudado de una vara me dispuse a obligarle a que abriera sus alas. Yo suponía que era la mejor manera de lograr mi cometido, así que introduje la punta de la vara en el agua y salpiqué delicadamente a mi pretendida presa. El dorso de sus alas, gris oscuro y opaco, estaba adornado por alternantes luces de un rojo vivo, pequeños puntos áureos y refulgentes enmarcados por un par de delgadas líneas, una blanca y otra azul turquesa. Después de un rato logré mi objetivo. Lánguido, dejó abiertas sus hermosas alas revelándome en contraste una superficie negra, brillante, tornasolada, cruzada de lado a lado por una ancha franja amarilla.

Debe haber estado muy cansado pues no hizo el más mínimo intento por escapar o defenderse, así subí a su lomo con acariciante sutileza. Lo que menos quería era asustarle, herirle o lastimarme. Le susurré algo. No recuerdo qué, ni siquiera sé si tenía oídos para escucharme. Procedí entonces, no sin algo de miedo, a encajar mis tacones en los costados del animal, como quien lleva espuelas pero suavemente. Reaccionó alzando precipitado el vuelo.
Fue un vuelo poco armonioso al principio, claro, por mi peso adicional e inesperado; por más que quería ascender hacia las copas de los árboles, apenas alcanzaba a planear casi al ras del suelo. Sin embargo, pronto pudo controlarse y sobreponerse a la molestia que yo le ocasionaba. El viento lo sostuvo de tal modo que más parecía una hoja otoñal transportada con ligereza que un terodáctilo psicodélico.

Dócil a mi voluntad momentos después, como si hilos invisibles y de admirable flexibilidad nos tuvieran suspendidos bajo el inconmensurable cielo, el animal seguía el curso que yo le indicaba presionando suavemente alguna de mis piernas sobre su hinchado abdomen a la vez que inclinaba mi torso para balancear el peso. El roce de sus vellos al contacto con mi piel, lejos de parecerme repugnante, me extasiaba.
Ignoro cuánto tiempo volamos juntos. A partir de entonces, nuestra aventura continúa. Hemos sobrevolado enormes pastizales con vacas campeando en ellos. Cruzamos grandes extensiones de tierra, siguiendo unas veces el curso de un río y otras filtrándonos por los huecos que separan a montañas enteras. Descansando por las noches. Trasegando ambos el viento del día, él con su aleteo y yo con mis risas.

A partir de entonces, me olvidé del mundo y mi mochila para pasar la vida volando, hasta que el tiempo y el terodáctilo lo permitieren.


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