PENTATEUCO DEL DESEO


A cinco hermosuras, diosas y musas que bautizo,
según veo en el retrato ante mí, de izquierda a derecha y de arriba abajo:
Afrodita, Nix (mi Noche, con su cauda oscura engalanada por la sonrisa de la vía láctea), Memorable Mnemea, Telxínoe (deleite del corazón), y la favorita entre las favoritas, Atenea.

8 de febrero de 2012

            I (Génesis)

Lejos de cualquier bizarra obviedad,
como decir que en mis manos tengo
en cada una cinco floridos dedos
y de entre ellos uno para cada cual
de las causas de mi deseo;
lejos de señalar de mi afán la nimiedad
y decir que cinco extremidades
de mi cuerpo hacen del tuyo el de mi delito;
lejos de incurrir en pecado de lujuria
y dejar a mi lengua derivar palabras
que se enreden en tus formas
como burda e insensible injuria;
lejos de ansiarte tanto y tanto, amada mía,
permite que sea tu sonrisa
la firme evidencia de tu lozanía
el pretexto para hacer de ti
el Génesis de mi ferviente poesía.



            II (Éxodo)

Encontrémonos, en cualquier lugar, vida mía,
del llano, del yermo desierto de mi soledad.
Haz de tus besos y caricias
el divino maná que sacie estas ansias
de saberme enunciado entre tus ardientes,
entre tus tersos y vibrantes labios.
Conviérteme en el fuego de tu zarza
y mora entre estos brazos que te esperan.
Araña en mi piel tus mandamientos,
mas no me abandones ni me impidas,
oh, mi tierra prometida,
sin antes abrirme el rojo mar de tus anhelos.
Toma mi cayado y sea tu boca, mi vida,
la que haga con mi sustancia sus prodigios,
pues en este Éxodo de amores,
ah, dorada ídolo de mis candores,
en ti, musa, edifico mi prestigio.


            III (Levítico)

Norma y santidad son indicios,
huellas francas que asoman
en tu sensual, dulce mirada.
Si tú quisieras, cada formativa línea la escribiría
haciendo de mi observadora pluma
el artículo más digno
con que pasarte revista, y serías,
página tras página,
razón de disciplina,
el libro fundador,
Levítico del hogar ese que un día
me arrebató la bruma
y no obstante sueño a tu lado
edificar desde tu fortaleza femenina.
Ámame, como tal vez ya lo haces
sin saberlo.
Y si me preguntas un día
qué comeremos el año séptimo,
yo responderé haciendo tan tuya como mía,
la bendición del año sexto,
para que produzca Amor tantos versos
y por tanto tiempo,
que siembres en el vientre de tu ternura
la durable simiente de mi cordura.

            IV (Números)

Te veo y es como si no te viera
rodeada por un aura y me duele tu lejanía.
Te multiplicas por cinco
y en cada una de tus epifanías
diosa entre diosas y musas,
hallo motivo para que en el libro de los Números
mis ojos sean las adicionales
dos llamas en tu mirada que, reclusas,
completan el sagrado candelabro
de este romance que por ti porfía
haciendo tributo para librar nuestro legado
del olvido y de sus odiosos males.

             V (Deuteronomio)

Dios te puso en el sendero
para darme seña, contigo,
de su existencia en mi poesía.
Y es tal a ti mi devoción
que ya es motivo de descalabro
saber que por ti vivo
y ando por tu cuerpo, corazón,
en calidad de misionero,
dictando por medio de tu hermosura
el decálogo con que rijo mis letras.
Caigo en cuenta que ahora escribo
el deuteronómico discurso
con que el silencio me hace ya tan tuyo,
herencia divina para la mujer
sobre la que sería impensable
cualquier clase de repudio.
Así, ámame y déjame que te ame.
En jugando con la lengua,
bésame sin que eso te apene
y asienta en tu seno el juramento
con que te me compenetras
uno y otro y otro momento,
con tu marca, ese sello amable
signatura
de tus apetecibles labios
fuente por la que libo
tu embriagador néctar y ambrosía.

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