Pornsía o cuando el erotismo nos rebase

No faltan quienes critican que en algunas ilustraciones de mis poemas aquí me pase de "descarnado" y "literal", que francamente algunas rayan en lo pornográfico.

La pornografía no es ofensiva, porque no conoce de moral, es amoral aun mejor que inmoral. El erotismo es el puente hacia lo inevitable; aunque a veces es un puente que truncan las vergüenzas y convierte la posibilidad en deseo quebrantado.

La pornografía es a los ojos lo que las palabras altisonantes a los oídos o el silencio a la aceptación de la culpa supuesta. Este le costó la cabeza a Tomás Moro, el santo. Las primeras ya van siendo objeto de impulsos necios que prefieren el silencio a las verdades y miran, sobre todo en los adjetivos, el pretexto para soliviantar ya a favor o incluso en contra de lo presumiblemente igual. La primera, en cambio, es odioso recordatorio de nuestra desnudez más bestial y por tanto nuestra misión más divina: crezcan y multiplíquense.

Si alguien debería ser promotor de la pornografía, esas son las mujeres. No porque Eva, como cuentan, haya pervertido a Adán. Sino porque en un momento de la historia fue justo el varón quien, avergonzado de sus miserias, acusó a la mujer de sedición y no nada más de seducirlo hasta perderlo.

Con cada imagen pornográfica hay la posibilidad de liberación y sobre todo de allegarnos la inocencia original. Pero nos hemos hecho de tantos mitos alrededor de ella, algunos disfrazados de verdades seudocientíficas...

Aunque los privamos de ella, los infantes son los más pornográficos de todos los seres, porque en su inocencia exploran el dolor, el placer, el cuerpo propio y el ajeno, con avidez desde el momento mismo de la lactancia. No queremos que los niños vean pornografía, porque no queremos que sean como los adultos nos volvemos por virtud de la prohibición: conscientes de la naturalidad.

No me cabe duda que el primer cacique que inventó el tabú fue el primero que hizo los más antiguos totems mediante los cuales se adoraba a la vagina y al falo. La cultura tiene su fundamento en la fertilidad aun antes que en la caricia o el romanticismo.

La pornografía funde imaginación y necesidad. Masturbarse ante una imagen seviciosa puede ser tan demostrativa de los caminos torcidos del gusto como regodearse con el bullicioso morbo tras la escandalosa noticia del momento. Como el orgasmo, la sensación satisfactora es cosa de un instante, por más que se la prolongue.

El semen es tanto metáfora de construcción como la verga es origen etimológico de palabras como la misma victoria tras la que todos vivimos pendientes de conseguir en cualesquier ámbitos.

El problema no está en mostrar o dejar de hacerlo, sino en los motivos para una u otra acción. Ahí está el quid del asunto. La cópula simple es en sí tan bella como el sol penetrando el horizonte. La blancura seminal nos conecta con la Luna y su sonrisa remite a los labios de Venus.

Todo está en la mirada, en el enfoque con que se hace la aproximación a la vagina húmeda. En la pretensión oculta en la mirada ardiente de Saturno ansioso por deglutir a su amante de ocasión.

La imaginación puede ser muy poderosa, cierto. ¿Por qué recurrir entonces a "burdas" imágenes? Justo para coartar la imaginación. Esa es mi respuesta rebelde.

Para mí sería muy sencillo dejar los poemas sin ilustrar o colocar imágenes alusivas, meras provocaciones de gusto ligero. Permitir que el lector imagine del mejor modo como se le ocurra lo que plantea cada verso, cada estrofa. Pero al restarle por vía de la redundancia las posibilidades a la imaginación, llevo al lector a sentirse un recreador frustrado y mediante tal a reclamar el lugar que la imaginación debería tener en su vida íntima y erótica.

Pero también es cierto que este texto en sí mismo es una provocación, un preámbulo para un poemario que en su título lleva la gana de incitar tanto en contra como a favor de las normas.

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