Barbechando


9 de febrero de 2017

Traigo a mi memoria ese día
cuando te conocí al fin en persona.
Entraste con el color blanco entallando tu cadera
y, desde ella, deslizándose como lúbrica caricia
por la superficie misma de tus piernas
hasta detenerse en el filo mismo de tus altas zapatillas.

Mi mirada se hizo roja y pretendió teñir con su lujuria
el blanco que te cubría.
Te vi entonces como al cobre, mi Oshun, Reina entre las reinas.
Y, queriendo hacerte mía, terminé haciéndome a tu voluntad.
Hoy por ti soy río de palabras,
verbo que se arremolina cual recuerdo
del momento que con mi denuedo
hacia ti me atreví con algo más que mi poesía.

Hoy, bajo tu cielo, yo la tierra de tus sueños ya barbecho.
Voy pacientemente arando tu reticencia
en los mismos términos y condiciones
impuestas por tu afán a mi conciencia.
Esta amistad labrada, cuando menos te lo pienses, dará sus frutos
en la forma de esas noches, te lo anuncio,
cuando al fin estemos en el lecho
y juntos
y yo coseche lo que por ahora tú,
en tu temor, das por desecho.

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